miércoles, 6 de abril de 2011

... que para eso hay que estar borracho.

        Erase una vez que se era la caricia fría de una botella, y los labios que la violaban, una lengua quemada, y el alcohol que cauteriza las heridas, esas que a veces sangran los recuerdos. Erase una vez que se beba lo que se beba no se olvida el perfume de su voz, o los insultos de sus ojos, lanzados en cada pesadilla, enterrados ya bajo un viejo colchón.
        Había una vez, en un reino no muy lejano, una puta, princesa a la que llamaron Desesperación, que sin estar dormida, ni atrapada en su propio torreón, muchos la intentaron rescatar; con palabras en vez de espada, con besos que no salvaban, sino que los hacían presos, a mereced de sus deseos. Deseos que no es posible que pueda albergar ningún pobre corazón.
         Y volviendo con aquella botella, os contaré lo que no le pude contar a ella, y es que ya me lo avisaron las farolas con las que mantuve la primera discusión: que era inútil emborracharse a la salud de los olvidadizos, que ellos no agradecen esos gestos, que apenas tienen tiempo para preguntarse el por qué y el por qué no, de esto o de aquello.
        Así que ahora brindo por las aceras que me echen de menos, que yo de ellas sí me acuerdo, y también por esas prisas que me hicieron escapar, cargado con los bártulos que no necesitaba mi cerebro; así que no esperes ya un beso de buenas noches, que no me queda ninguno de esos, ni más historias que lleven tu nombre, corto y capicúa, con final en el principio, el principio de lo que parecieron un millón de noches.
        Y colorín colorado, este cuento sin final, que para eso hay que estar borracho.

miércoles, 19 de enero de 2011

... solo canciones tristes

-... y me duele porque sí, ¿sabes? Yo te quiero.
- Y yo a ti - ¡No! Tú a mí ya no.

Y es que han sido, y serán, ya noches sin dormir, sin conseguir olvidarme de ti,
que no tengo consuelo, que solo hay pena, porque ya no te tengo,
que seas feliz, que se cumplan tus sueños; ¡pero qué no!, que yo ahora ya no puedo,
¡qué no!, ¡qué no!, que ya no hay ganas de vivir, ni fuerzas para llorar más por ti.

¡Qué me muero!, me pudro,¡qué soy un muerto!; que sí, muerto ya por dentro,
que me levanto solo para hundirme, otra vez en un lamento, y otra vez en un mal sueño,
que el Sol me quema porque me recuerda tus ojos, ¡sí esos!, esos que siguen siendo mis dueños,
que estoy a solas con un fantasma: ese que era yo, dormido, acurrucado, sobre tus pechos.

Ahora lloro, y llora el cielo, y llora la Luna porque añora ella también ver las caricias que te daba,
¡qué estoy ciego!, que todo es oscuro si no te veo, que no me basta con mirarte solo dentro de mis putos recuerdos,
y me pregunta la Luna dónde estás, y no sé si decirle que te has ido para que no le duela ver mi corazón enfermo,
por eso canto todo el tiempo, para entretenerla y que así se despiste; eso sí, ahora solo canto yo, solo canciones tristes.

Para mí, para él, y para ella...
sobre todo para ella.

lunes, 10 de enero de 2011

... momentos, que os robo, de donde quiera que voy

El instante en el que te vi sonreír, o aquella breve mirada,
fijados en mi memoria, plasmados en un papel,
mágica la luz cuando en la emulsión ejerce su poder,
y queda inmutable en negativo, queda donde no será olvidada.

Acariciando el objetivo hasta que la belleza esté bien enfocada,
el brillo de unos ojos, o la textura suave de su piel,
un disparo certero que atrapa todo lo que aquello pueda ser,
ingenio prodigioso que retiene lo que no podría decir con mil palabras.

Mi cámara, testigo de lo que mis ojos admiran, una máquina perfecta,
una caja repleta de maravillas que algún día serán recuerdos,
crónica de una vida cualquiera que, una vez revelada, pasa a ser eterna.

Fotografías sí, sólo eso, imágenes recogidas de ayer y hoy,
documentos sin valor, pero que no requieren una valoración,
fotografías sí, ni más ni menos; momentos, que os robo, de dónde quiera que voy.

sábado, 25 de diciembre de 2010

... para poder dormir

Dormida junto a mis últimas caricias es como ahora te recuerdo,
en las que siento cálida tu felicidad, cuando inunda mis dedos por notarla transpirada,
mientras que las marcas de mis peores pesadillas cicatrizan, finalmente olvidadas,
y el sol de la mañana se atreve a robarme el silencio de tu cuerpo.

Saboreando tu perfume, en mis labios, si me atrevo a despertarte con un beso,
oliendo a vida en el aliento que me regala entonces tu boca,
quedándome contigo, aunque no me veas, si es que estás a solas,
quedándome con cada orgasmo al pasar mi lengua caprichosa por tus pechos.

Llorando sin una sola lágrima en mi rostro de por medio,
deseando verte como eres, verte tuya, verte sonreír,
sin que para la pasión que siento exista algún remedio.

Así se acabaron juntos esos meses en los que solo pude maldecir,
escapar de la catástrofe en la que me sentía triste y como un necio,
y es que tus cuatro sílabas me las canta el sueño para poder dormir.

jueves, 16 de diciembre de 2010

... ese par de ojos marrones.

           Hace ya un año, o tal vez no tanto tiempo; quizás solo un suspiro, un instante; tal vez una pesadilla que comenzó en invierno. Pero un calendario me asegura que han sido trescientos sesenta y cinco días, que la Tierra ha dado otra vuelta alrededor del Sol; que ya soy otros doce meses más viejo. Sí, hace un año que todo se acabó. Es el aniversario de otro desencuentro, del final de otra historia que, si no fue de amor, al menos sí fue la catástrofe quien la dirigió.
            Se fue, creo que en más de una ocasión esto ya os lo conté; cómo me pidió que yo le devolviera la soledad que ella a mí también un día me robó, con la diferencia de que yo ya no la quería. ¡La prefería a ella! Con sus metafóricas caricias que no decían de noche lo que aparentaban ser cuando todavía no amanecía. Se fue, creo recordar que un jueves, como hoy; ¿no lo ves?, las coincidencias todavía nos persiguen, ¿tan fácil creías que tú te desvanecerías?
            Fuiste una cicatriz imborrable, una mancha de tinta oscura en la aparente claridad de mis ideas. Fuiste el plácido sueño  que se tornó en pesadilla, obligándome a despertar sin la suerte de que hubiera otra oportunidad de conocerte en esta vida. Fuiste unos besos, fuiste un rechazo, fuiste un verano al que le crecieron alas, que luego aprovechaste para irte. Me abrasaste donde un día latían al unísono un par de corazones, me quemaste con la serenidad esa que tienen ese par de ojos marrones.    
          


 
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